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LITTERAE Multilingual literary magazine
Steve Hamilton
El Recaudador de pañuelos
Siempre he sido una persona con ideas fijas que no cambia fácilmente de opinión ni de idea. Tan pronto como me doy una meta, sólo un edicto del papa mismo me haría considerar un cambio. Por esta rigidez me ha resultado la imposibilidad de mantener una relación romántica o una amistad, pero me ha servido bien para llegar a ser el mejor y más temible recaudador de impuestos de todo el país. Después de quince años recaudando impuestos de todos los contribuyentes en mi distrito, desde los más miserables hasta los más corruptos, no me ha desviado nunca nadie de mi objetivo. Un día de otoño, mi jefe me dio un fichero no como los otros: el de una persona que había cambiado de opinión, de ideas y hasta la profesión de todos los recaudadores que habían intentado recoger el dinero que debía al estado. El gobierno había decidido, aunque se trataba de una persona en otro distrito fiscal, que era yo el único recaudador que tendría éxito en este caso. Le dije al jefe lo que siempre decía: --Cumpliré con mi deber, jefe. El jefe se ajustó los anteojos. Los lentes, casi tan gruesos como un culo de botella, le magnificaban los ojos de manera que parecían los de un pez monstruo. Se levantó y cerró la puerta de su oficina. --El gobierno cuenta con Usted en este caso, Señor Aguilar, y no cabe duda después de una carrera tan sobresaliente como la de Usted que una promoción importante le espera en cuanto triunfe. -- No me atrevo a esperar más que lo de costumbre, dije, no sin emoción. Al verme en el televisor (el jefe, un tanto paranoico, siempre grababa todas las entrevistas realizadas en su oficina), me alegré de haberme vestido esta mañana por si acaso hoy fuera el día más importante de mi carrera. Llevaba puesto un traje impecable, no había ni un pelo fuera de lugar. A pesar de mis 40 años, yo lucía éxito y me decía que ya era hora de otorgarme una promoción bien merecida. -- Es, por lo tanto, un caso de extrema urgencia. --Sí, jefe. --Un caso de una delicadeza fuera de lo común y, no se lo voy a esconder, Señor Aguilar, hay cierto peligro. --Sí, jefe. --Existe también la posibilidad de que Usted no tenga éxito. --Sí, jefe. No, más bien dicho. Permítame decir que el Gobierno puede confiar en mi y le aseguro que triunfaré como siempre he triunfado. El jefe se cogió de manos por detrás y se paseó de un lado de su oficina a otro, como lo hacía cada vez que me hablaba de un caso difícil. --Es un caso muy particular. El gobierno no aguantará ningún fracaso. Tengo confianza en Usted, Señor Aguilar, pero le voy a contar uno de los peligros. --¿Sí? --Si no tiene éxito, el gobierno me obligará a mandarle a otro centro de recaudación. --¿Mandarme a otro centro? Y ¿porqué? Siempre he cumplido con mi deber, cumpliré esta vez como siempre. He trabajado toda mi vida profesional en este centro. Si me manda a otro, pierdo toda posibilidad de seguir con mi carrera. -- No exagere. Sería una pausa temporal de su carrera, es verdad, pero no va a perder toda posibilidad de seguir adelante. Sería sin embargo una lástima perderlo. – El jefe se inclinó hacia mí. --Es un caso muy delicado con consecuencias y repercusiones políticas inimaginables. ¿Me entiende? De todos modos, Usted tendrá éxito, no cabe duda. Salí de la oficina del jefe con el fichero bajo el brazo, recogí mis portafolios y fui a la casa en cuestión. Tendría éxito, el jefe debía de saberlo igual que yo. Al llegar delante de la casa, aparqué el automóvil oficial y caminé los tres metros hasta la puerta de la casona. Noté al paso las flores y plantas exquisitas que bordaban el camino de mármol que llevaba hasta la puerta de entrada, ésta misma equipada con un picaporte en oro. Eran detalles reveladores de una persona que se daba a todo capricho, cualquiera que fuera el costo. Todo olía a evasión de impuestos. Toqué el timbre y esperé, luchando contra el impulso de agarrar el pomo de la puerta de entrada para ver si la puerta estaba abierta. Era un hábito infantil que nunca había podido dejar, y teniendo que prestar toda mi atención en este esfuerzo, no había notado la niña sentada en el poyete de la única ventana del primer piso, directamente encima de la puerta de delante en la que yo esperaba. Pasado un rato, sentí cosas ligeras que me caían sobre la cabeza y los hombros. Al alzar la vista, vi que eran espinas de pescado. Miré hacia arriba en el momento exacto en que la niña tiraba claras y yemas de huevo, separadas las unas de las otras como para cocinar y supuestamente porque se habían acabado las espinas de pescado. Había clara de huevo hasta en las patillas de mis gafas cuando se abrió la puerta de entrada y la criada, embutida en un pequeño vestido negro con un delantal blanco gritó al verme. “¡Ay, señor! ¡Lo siento mucho! La niña en esta casa es muy traviesa. ¡Pase, señor, pase! Le mostraré a Usted donde se puede limpiar”. De repente, cerró la puerta a medias y dijo: “Disculpe, señor. Le ruego me muestre alguna documentación antes de que le deje entrar”. Intenté buscar mi insignia identificatoria mas no era cosa fácil bajo la lluvia de miga de pan y cáscaras de nuez y huevo que la niña siguió tirando. La encontré y se la mostré a la criada, quien comentó que era difícil reconocerme en la foto por tanta clara y yema. No obstante, me dejó entrar. Sus manos temblaron al cerrar la puerta. Me llevó a un cuarto sencillo y grande iluminado por una sola bombilla pendiente del techo. Ni cuadros ni fotografías adornaban las paredes blancas. Una gran escalera, una de esas que se ven en casas muy viejas y excéntricas con baranda exageradamente decorada y escalones negros, conducía al primer piso. La sencillez del interior de la casona contrastaba con la elaboración fanfarrona de la escalera y del exterior. La criada pulsó varias teclas de una máquina que parecía un cajero automático. Un perchero salió entonces de la pared. “¿Su abrigo, señor?” Se lo di. Lo colgó en el perchero después de quitarle el huevo, las cáscaras y las espinas, metiéndolo todo en el bolsillo de su delantal blanco. Tomó rápidamente mis portafolios antes de que yo pudiera decirle que me lo dejara y lo tiró al perchero. El perchero desapareció en la pared después de que ella oprimiera otra vez las teclas. Recordé que yo tenía las gafas, la cara y la nuca cubiertas de todo lo que la criada acababa de quitarle a mi abrigo. Recordé también que tenía un pañuelo en el bolsillo de mis pantalones, lo saqué y estuve por limpiarme las gafas y la cara cuando gritó otra vez la criada. “¡Señor! ¡No! Es muy mala suerte quitarse por sí mismo la clara y yema de huevo de esa niña. Déjeme, por favor, que le ayude.” Tomó en la mano el pañuelo que yo tenía en la mía. Me miró de una manera mucho más cariñosa que lo conveniente pero yo, no queriendo ofenderla, hice todo lo posible para esconder mi embarazo sin por lo tanto poder reprimir una mueca. Se dio cuenta entonces al ver mi mirada curiosa y se borró la sonrisa de cariño que le había cubierto la cara. En ese momento, tal como lo había visto muchas veces en las películas de horror, se apagó la única bombilla que colgaba en el cuarto. Yo sabía por el ruido de las uñas de la criada contra la pared que ella buscaba el interruptor, y me pareció que se había puesto a llorar. Pasaban lentamente los minutos, durante los cuales se oían ratas que corrían y puertas que se abrían y se cerraban con mucho ruido de goznes herrumbrosos. Para calmarme los nervios, me puse a buscar un pomo de puerta pero en vez de un pomo, agarré la mano de la criada quien gritó sin alejarse. Reapareció la luz, esta vez más brillante que nunca y que venía desde el primer piso. La criada, cuya mano yo tenía todavía en la mía, murmuró “¡No, mi niña, no!” Miré hacia la gran escalera y vi arriba en el primer piso a una dama elegante y asombrosamente bella, su cabeza ceñida de rayos de luz que emanaban de una lámpara. En la mano derecha llevaba un grifo que dejaba aún caer gotas de agua, como si acabara de ser arrancado, y en la mano izquierda llevaba una correa de reloj. Al mismo tiempo que se puso a bajar la escalera, la dama dejó caer el grifo y la correa y tocó sus mejillas con la yema de sus dedos como si quisiera tocar hasta los huesos de sus propios pómulos. Caminaba lentamente, la cabeza alta, con una confianza que emanaba de su cuerpo exquisito tan claramente como los rayos de luz que irradiaban de la lámpara del primer piso. Cuando vino hasta donde yo estaba, vi que se parecía mucho a la niña que me había cubierto de cáscaras y yemas desde el poyete de arriba. Me acordé entonces de mi aspecto -- el pelo todavía cubierto de espinas de pescado, las yemas de huevo que colgaban de las patillas de mis gafas -- y me sonrojé. La dama olía a Ángel, un perfume que enloquece a los hombres. Yo sabía eso del perfume por los documentos que trataban de divorcios cuando investigaba a los contribuyentes. Lo sabía también por las secretarias en el centro de recaudación que se lo metían. La dama se detuvo a centímetros de mi cara y tocándome las mejillas con la yema de sus dedos me habló con voz honda y temblorosa. “Bienvenido, señor, a mi casa. Me llamo Clara de Güebo”.
Se me puso la carne de gallina. Dejé la mano de la criada e intenté hablar con la mujer que me acariciaba la cara, el pelo y no sabía hasta dónde iban a pararse esas manos delicadas y níveas. Se pararon en el bolsillo izquierda de mis pantalones. Me estremecí cuando ella sacó otro pañuelo, igual al que tenía la criada todavía en la mano. Casi me quedé como un bobo antes de acordarme de mi objetivo. Le dije: -- Disculpe, señora. Soy Señor Aguilar, recaudador de impuestos. He venido discutir de las modalidades de las que Usted podría pagar los impuestos debidos al Estado y. Clara de Güebo acercó su boca a mi oreja y susurró, --Estoy dispuesta a discutir de cuántas modalidades te interesen; ¡Vamos! Subamos a buscar mi chequera. Cuando veo un macho que se me hace la boca agua, lo guardo conmigo, allá arriba para siempre en mi poyete encantado. Al tomarme la mano izquierda, me miró con una sonrisa que se fue transformando en algo terrible, desconocido. Levantó el pañuelo hasta su nariz, lo olfateó, y me tomó la mano derecha con una fuerza que no dejó ningún motivo para dudar de sus intenciones.
Fue en ese momento que pasó algo como en los sueños o más bien en las pesadillas, algo que cambia el rumbo de la vida para siempre. La luz se apagó de nuevo y una mano fría como un bloque de hielo me tomó la mano derecha. Pasé largos minutos tirado por la mano derecha y por la mano izquierda, con gruñidos de animales y muchos tirones por parte de los esfuerzos invisibles que luchaban en las tinieblas, hasta que la derecha venciera y me llevara por la mano en la oscuridad hasta la puerta del garaje. Me empujaron dos manos la una más fría que la otra hasta que yo subiera en un coche que, segundos después, se arrancó con mucho ruido y llegó desbaratando la puerta del garaje en un salto a la calle. La que manejaba era la criada. Se saltó dos semáforos a la torera y siguió manejando y gritando insultos por la ventanilla a los otros conductores. Me asusté al verla manejar de esa manera desencadenada, su cabello negro y suelto azotando en el viento. Se liberó de su delantal ahora manchado y lo tiró por la ventanilla. --No tenemos tiempo que perder; nos van a buscar y hay que distanciarnos de esa casa. Tomé cartas en el asunto para salvarte la vida. No te puedes imaginar la vida que te esperaba en esa casa maldita, en el poyete encantado. Soy Blanca. Blanca de Güebo. Soy la hermana de la loca esa. Se santiguó y al santiguarse, casi perdió el control del vehículo. --¿Adónde me llevas, Blanca? Sonrió al doblar a la derecha. Entramos en un garaje. Paró el coche, cerró la puerta electrónica. Se me pusieron los pelos de punta al ver que se le caía la baba y que sonreía como había sonreído su hermana. Clavó la vista en mí y me dijo: --Yo también tengo un poyete encantado.
Yo la miraba boquiabierto cuando vi por la ventanilla del coche el rostro de Clara. Blanca me miraba y dijo por fin: — ¿Qué te pasa, hombre? Hablar contigo es como quien oye llover. Levanté la mano para indicar que debería mirar detrás de ella. Miró. Escupió y dijo, —Lo que faltaba para el duro. Sus poderes han crecido rápido. Clara hizo señales para que Blanca bajara la ventanilla. Blanca quiso arrancar otra vez el coche pero la llave no había permanecido en el encendido; colgaba de la mano de Clara, quien levantaba su mano derecha y sacudía ahora la llave, sonriendo como una niña que juega con sus hermanos y que está orgullosa de haber inventado las reglas del juego. Abrió sin prisa la puerta y colocó su pierna tan larga y elegante como si fuera la de Cid Charysse en el borde del asiento de Blanca. —Cría cuervos y te sacarán los ojos… Blanca, mi hermana. No nos disputemos. Es un hombre, nada más. Te vas tranquila y me lo dejas, y no te pasará nada. No como esa vez cuando fui tan traviesa y mentirosa. —Eso se dice muy pronto. No te creo, no te creeré jamás. ¡Saca esa pierna del coche! ¡Me pertenece a mí, a mí sola! Y con eso, Blanca empujó la pierna de su hermana y trató de cerrar la puerta. Mientras las dos hermanas se disputaban, abrí discretamente la puerta del otro lado del coche. Me deslicé sin que me vieran y me puse a arrastrarme por tierra. Llegué hasta una pequeña ventana a nivel del suelo y logré abrirla. Puse las dos manos a cada lado de la ventana y me tiré por ella con todos mis esfuerzos hasta que me encontrara en el salón de una casa mal iluminada. Me levanté, me quité el polvo sacudiendo las manos por mi pantalón manchado y mi camisa rasgada, y vi con asombro que esta casa se parecía exactamente a la otra. O sea que (y esta posibilidad me dio piel de gallina) yo estaba otra vez en la casa de Clara de Güebo. Me puse como un flan al oír cuchicheos y un grito. Fue preciso que yo escapara inmediatamente. Un largo aullido y gritos al otro lado de la casa me convencieron de que lo mejor sería subir al primer piso y buscar una ventana por la que podría saltar al suelo y escaparme. Subí saltando peldaños como si me persiguiera el diablo mismo hasta llegar al primer piso. Así es que encontré la fuente del poder de las hermanas de Güebo.
En todas las épocas de la historia humana desde los tiempos más primitivos hasta hoy en día, ha habido ritos, talismanes y artefactos supuestamente imbuidos a poderes mágicos y sobrenaturales. El sacrificio de víctimas tiradas en el volcán, una estatua que puede curar las enfermedades, una pulsera de la abuela que trae buena suerte son todos ejemplares de esas tradiciones. Yo había leído muchas cosas raras y había visto películas y documentales sobre ritos y artefactos y creencias extrañas, pero no entendí a primera vista lo que yo veía desde mi escondite detrás de la puerta del primer piso de esa casa. En un cuarto oscuro y largo como toda la largura de la casa y así de grande, mujeres y hombres de todas las edades trabajaban sin alegría y bajo el escrutinio de guardianes amenazadores que llevaban un grifo en la mano derecha y una larga correa de reloj en la izquierda. Tejidos blancos estaban amontonados en un rincón. Vi a una mujer con anteojos gruesos como el culo de una botella de vodka y que llevaba en el pelo alfileres de los cuales colgaban hilos de todos los colores. La mujer bordaba un pequeño pañuelo. El diseño era de los más delicados y finos, con figuras de hombres, perros, ángeles, y una horca de la que había bordado llamas amarillas que de vez en cuando parecían saltar como verdaderas llamas. Sentí algo que me quemaba en el bolsillo. Miré hacia mi pierna y vi humo. Introduje la mano y saqué otro pañuelo más, aunque sólo había puesto uno en mi bolsillo esa misma mañana, el que Blanca me había tomado. Yo vi un pañuelo en la mano de la obrera con el mismo diseño que el que yo tenía en la mano, el de las llamas amarillas. Las llamas de mi pañuelo saltaban del punto de la horca. Me quemaron la mano. Grité. Todas las cabezas en todo el cuarto se levantaron al mismo instante. Los guardianes se pusieron a gritar y tirar las correas de reloj contra los obreros. Los guardianes tiraron los grifos, los cuales se pusieron a volar hacia mí. Miré atrás y fui a la escalera. Bajé corriendo. Al llegar a la planta baja, la luz se apagó y yo me caí contra algo: la pared, un perchero, un coche, qué sé yo. Pero lo que pasó es que me desmayé sin saber lo que me iba a pasar en esa casa de pañuelos y poyetes embrujados.
Me desperté envuelto en pañuelos. Quise gritar pero cuando empecé un pañuelo negro me tapó la boca y los que me ataban las manos me las apretaron con más fuerza aún. Pensé en los episodios del Chapulín Colorado (¿Quién podría ayudarme?) que había visto de niño y me preguntaba qué iban a hacer de mí. Sólo quería cumplir con mi deber, lo único que me importaba en la vida era mi deber, mi profesionalismo. -- "Lo siento. ¡Perdóname!" Era Blanca, otra vez vestida de sirvienta. "No te quería hacer daño pero mi hermana y yo nos pusimos de acuerdo y... lo siento, con toda mi alma". Se puso a llorar y se escondió la cara en las manos, sollozando de una manera que me puso muy nervioso. Los goznes de la puerta de arriba sonaron y una luz salió de la fábrica de pañuelos, esa luz que había visto la primera vez que vi a Clara. No tardó ésta en llegar. Lucía más brillante y hermosa que nunca, como si se supiera al tope de su poder. Bajaba la escalera con infinita delicadeza y seducción, seguida por dos de los guardianes, cada uno teniendo un grifo y una correa de reloj. Al acercarse a la planta baja, los guardianes levantaron los grifos y los giraron primero a la derecha y entonces a la izquierda. Cuando repitieron este acto, los pañuelos que me cubrían me apretaron muy fuerte y me levantaron a dos metros del suelo. Clara y los guardianes avanzaron hasta un punto directamente debajo de mí. Clara levantó sus manos y se puso a cantar en una lengua que yo desconocía. El pañuelo negro se convirtió en una especie de cura, que bajó al suelo y abrió un libro que no era la Biblia. --Baja, te lo ordeno, me mandó Clara. Los pañuelos me bajaron hasta los brazos de Clara quien me destapó la boca y me besó primero con dulzura, pero entonces con pasión, con calor y fuerza. Me hizo sentir como nunca me he sentido en la vida, como todo un hombre, como un amante. Fue un beso exquisito que no olvidaré nunca. Me puso de pie y al decir unas palabras, los pañuelos que me ataban se transformaron sobre mi cuerpo en esmoquin. -- En un momento, dijo Clara, cuyos ojos lucían como prendas de novia,-- con un toque del grifo mágico y la bendición del cura, olvidarás tu vida anterior, lo que hacías, la gente que conocías, y sólo te importaré yo, soy yo quien manda y no te imaginarás nunca jamás cómo sería tu vida sin mí. Soy tu destino. Acéptalo. Pensé que yo hubiera podido encontrarme en peores situaciones que éstas, obligado a pasar el resto de mi vida con una mujer esplendorosa y poderosa, con guardianes y pañuelos mágicos. Tendría que hablarle de la fábrica, no obstante, puesto que me pareció un problema importante desde el punto de vista fiscal. Pero ¿en qué diablos pensaba yo? Tenía que encontrar una solución antes de que me hiciera olvidar todo y que me convirtiera en esclavo y a la vez propietario despótico de fábrica y, lo que sería peor aún, un fugitivo fiscal. ¿No habría en mis recuerdos de todos los casos fiscales que había tratado, un caso, unos detalles que me ayudarían en estas circunstancias? Sí, sí, eso es... el caso del matrimonio con los Chippendales. --¡Clara! Te quiero con toda mi alma, te lo juro, pero no hago nada sin la participación completa y diaria de los guardianes. --¿Cómo? --Haré lo que me pidas pero sólo con la participación total de los guardianes. --¿Pero cómo te atreves? ¡Soy yo quien manda! --¡Clara! gritó Blanca. Tiene derecho a eso. Lo sabes. --Está escrito, dijo el cura que hojeaba el gran libro entre las manos. Tiene derecho a reclamar la participación de otros. --¿Es cierto? Pregunté yo sin creer lo que oía. --¡Cállense todos! gritó Clara; dejó caer el grifo para poder azotar al cura con la correa. Éste se protegió con el libro y dijo, “Está escrito y Usted sabe que nuestras leyes son sagradas. No tiene más remedio. Llámeles a los guardianes que participen en el matrimonio. Vi a Blanca que inclinaba su cabeza en dirección al suelo. Seguí su mirada y vi el grifo que Clara había dejado caer. Si Clara me iba a cambiar con un toque del grifo mágico, ¿qué pasaría si…? Y con eso, agarré el grifo con la intención de pegarle a Clara. Pero con una rapidez sobrenatural como en las películas de kungfu, ella se giró y me agarró el brazo, sonriendo. --¿Nuestra primera pelea? Dijo Clara. ¿Ya? ¿Sabes lo que se dice? Se dice que no hay cosa más erótica que hacer el amor después de una pelea. ¡Peleemos bien y fuerte, querido! ¡Clara! gritó Blanca. ¡Los pañuelos! Clara, los guardianes y yo alzamos la vista para mirar hacia el primer piso. Desde la puerta de la fábrica venían volando cientos de pañuelos, con horcas, con fuego, con diablitos y alfileres incendiados. Se reunieron en el aire cerca de la escalera, dando vueltas, amasándose. De repente, se detuvieron. Se enderezaron y nos apuntaron. ¡Todos al garaje, rápido! gritó Clara. Seguimos a Clara hasta la puerta que daba al garaje. Miré atrás para ver lo que pasaba. Los pañuelos volaban hacia nosotros. Los trabajadores de la fábrica seguían y llevaban en las manos bielas, bobinas y cigüeñales tomados de las máquinas de coser de la fábrica. Clara me agarró por el brazo, me tiró dentro del garaje y cerró la puerta. Hubo un momento de silencio. Pero pronto entendimos el chillido de una niña, seguido de un ruido de madera, como si ratas comieran la puerta. Eran los pañuelos que carcomían la puerta. Blanca abría la boca para decirle algo a su hermana cuando la madera de la puerta se hundió y entraron todos los pañuelos, todos los trabajadores y la niña que me había cubierto de yema y cáscaras. Todos se alinearon a su lado respectivo; Clara, Blanca, los guardianes y yo a un lado, los pañuelos y los trabajadores al otro. Por unos segundos, silencio. La niña estaba al lado de los pañuelos. Éstos aprobaron y unas trabajadoras le ofrecieron alfileres colorados. Pero después de mirar primero a los alfileres y después a Clara y a Blanca, la niña corrió hasta Blanca. Los pañuelos se pusieron rígidos. Un cigüeñal llegó entonces, pegando a uno de los guardianes en la cabeza. Nos defendimos como podíamos contra los pañuelos. Clara se defendía con movimientos rapidísimos de kungfu y la correa que llevaba en la mano; Blanca blandía su delantal; la niña tiraba cáscaras con destreza, y más de un pañuelo se cayó al suelo. Pero esos trapos endiablados nos vencieron. Los pañuelos envolvieron a las tres hembras y las subieron a dos metros del suelo. Los trabajadores se pusieron a tirarles bielas y bobinas a Clara y a Blanca; yo y los guardianes los empujamos y los hicimos salir. Vi a la niña, a Blanca y a Clara envueltas en pañuelos. Gritaban y pedían que yo les ayudara, pero cada vez que me acercaba, los pañuelos con horcas me lanzaban llamas. Los pañuelos dieron algunas vueltas. Las tres hembras me miraron una última vez, abrieron la boca para gritar pero instantáneamente los pañuelos desaparecieron, llevando con ellos a las tres.
Desaparecidas. Miré a los guardianes que negaban con la cabeza. Entramos en la casa por la puerta destrozada por los pañuelos. Nos miramos sin decir nada. Blanca y Clara no existían más. Eran brujas, raptores y fugitivas fiscales, pero no merecían lo que el destino les había reservado. Yo sabía que tenía la obligación profesional de buscar los papeles y documentos de las hermanas de Güebo para poner en marcha el proceso de liquidación financiera. Pero no tenía el ánimo de empezar. Busqué sin pensar el pomo de la puerta que daba al garaje mas en vez de un pomo, me di cuenta que tenía la mano de un guardián. La dejé, asombrado por el tacto de esa piel arrugada y dura. Al mirarle al guardián, vi que estaba mirando para arriba y seguí su mirada. Una mujer que yo no reconocía había aparecido en la escalera. No había ninguna luz detrás de ella, no llevaba ni grifo ni correa, sino un pomo de puerta y un gran paquete de documentos. Bajó sin prisa y con mucha dignidad. --Señor Aguilar, me dijo la dama. --¿Mande? --Soy yo. Somos nosotras, más bien dicho. Las tres. Juntas y unidas para siempre. Para Usted. --¿Para mí? No puede ser. --Sí, sí, puede ser. He aquí los documentos que busca para arreglar nuestra situación financiera. Miré los documentos. –Pero, la van a meter en la cárcel si le doy estos papeles al gobierno. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Quiénes eran ellas? ¿Quién es Usted? ¿Qué—? --No diga nada, y no me pregunte nada del pasado. Confíe en nuestro futuro que será brillante, se lo aseguro. Y tengo esto para Usted. --¿Qué es eso? --Es un pomo de puerta mágico que le curará de ese problema del que padece. --¡No! No quiero nada de magia. --Sí, sí, tome. Me venció el deseo de tomar el pomo. Lo toqué. La mujer y la casa fueron desapareciendo, como transformadas en gotas multicolores que se evaporaban. Los ojos se me cerraron y perdí la conciencia.
Recobré el conocimiento diez años más tarde. Supe que había pasado un decenio por el calendario colgado en la pared en frente. Yo estaba en la fábrica de pañuelos mágicos, travestido de viejita con alfileres de todos los colores colgados de mi cabello. Yo tenía una aguja en la mano derecha y un pañuelo en la izquierda. Había bordado de una manera experta una horca con llamas y un diablito que me guiñaba. Yo admiraba mi talento cuando sentí un codazo en las costillas. --¡Señor Aguilar! A mi lado estaba sentada una viejita, la presencia de la que me sorprendió porque la voz grave que me había dirigido la palabra hubiera podido pertenecer a uno de los guardianes. Cierto que años de trabajo forzado, litros de bebidas alcohólicas para calmar la añoranza por su vida anterior y miles de cigarrillos de mala calidad le habían destrozado la voz. Estaba también claro que ella no había pasado tanto tiempo como yo en la fábrica. Eso se veía por la mala calidad de sus pañuelos. Estuve por decirle que podía ayudarle con sus pañuelitos cuando me di cuenta que ella me conocía, y fue entonces que noté sus anteojos con lentes gruesos como un culo de botella. Quería preguntarle sobre su presencia en la fábrica y mi empleo en el centro de recaudaciones pero sentí en el hombro la mano de lagartijo del guardián principal. Mi jefe y yo bajamos la cabeza y nos pusimos a bordar. Después de un rato, el jefe me dijo en voz baja: – Tenemos que escaparnos. Dejé caer el pañuelo que bordaba. – Es imposible, jefe. Mira a los guardianes, y ya sabes que las hermanas de Güebo tienen poderes mágicos que no podemos vencer. De todos modos, no tenemos nada ni nadie afuera que nos espere después de tanto tiempo, y te puedo enseñar a bordar mejor, mira— El jefe me dio una bofetada en la cara. Me puse a llorar e iba a secarme los ojos con el pañuelo pero una llamita saltó hacia mí y me di cuenta de repente del peligroso de nuestra situación. El jefe me dijo entonces las palabras por las que yo había vivido. – ¡Aguilar! Siempre cumples con tu deber. --Sí, jefe, tienes razón, debemos escaparnos. Pero ¿cómo? Vi a Blanca que pasaba. Eso significaba que la dama que me convenció que había absorto a Blanca, esa dama que me puso ropa de dama y me hizo bordar en su fábrica durante diez años, esa mentirosa me traicionó. Pero lo más importante era que Blanca seguía con vida, y era más bella que nunca. El jefe vio por la expresión que se me desplegaba por toda la cara lo que me pasaba en el corazón. --Aguilar, si no le dices nada ahorita a esa mujer, vamos a pasar diez años más bordando como viejitas en esta fábrica, y ella no sabrá nunca lo que sientes en el corazón. No dejes pasar este momento. --Es que no sé si quiero otro compromiso y puesto que he encontrado que tengo un don para los pañuelitos— El jefe me dio otra bofetada, esta vez de ambos lados de la cara. Me puse de pie gritando: --¡Blanca, te quiero! Ella se quedó como petrificada. Sonrió por un momento antes de darse cuenta de lo que pasaba. Dio la orden a los guardianes de que la dejaran sola con la atrevida viejita y su compañera, y se acercó. --¿Pero cómo te atreves? --Blanca, te quiero, te lo juro. Ayúdanos y nos escaparemos juntos. El gobierno te perdonará. ¿Sí o no, jefe? -- Sí, sí, claro que sí. Secuestros, evasión de impuestos, magia; no se trata de nada fuera de lo normal para el gobierno. Blanca se puso pensativa. -- Repito, ¿y cómo te atreves a pensar que yo dejaría a mi hermana para escaparme contigo? Te lo digo francamente que después de verte durante diez años travestido de viejita y bordando como una esclava, lo mucho que yo sentía antes por ti se ha ido completamente. -- Entonces, ¿me estás diciendo que me querías? --Antes, mucho. --Blanca, yo— La tomé en mis brazos y la besé fuerte. Me dio una bofetada en la cara. Agarró mi peluca y la tiró. Ella me tomó la cara en sus manos e iba a besarme, tal vez tan fuerte como la había besado. Yo cerraba los ojos, pero el beso fue algo malo y al abrir mis ojos, vi la cara del jefe que yo acababa de besar. El jefe gritó: --¡Ya! ¡Ya! No tenemos tiempo para todo eso, hay que pensar en la manera de escaparnos. --Tu jefe tiene razón, dijo Blanca. Ella corrió al otro lado del cuarto, sacó dos máscaras y ropa de guardián de una bolsa escondida detrás de una manguera, y nos las dio. --No digan nada a nadie. ¡Síganme! Nos condujo fuera del cuarto. Habló un poco con los guardianes, quienes nos miraron y hablaron entre sí, pero sólo condujeron a los trabajadores al cuarto. La peluca de una de las viejitas se le cayó. Reconocí a Rodríguez, uno de los recaudadores que, se creía, se había huido después de tratar de recaudar dinero de las hermanas de Güebo. Yo iba a preguntarle a Blanca por ese asunto, pero en ese momento, vi a Clara abajo. Nos callamos y nos aplastamos rápidamente contra la pared para escondernos. Clara decía a unos guardianes que cargaran la “mercancía” en los camiones. Nosotros llegamos al cuarto cerca de la escalera. Al entrar en el cuarto, vi por primera vez la sede del poder de las hermanas de Güebo. --Es el poyete encantado, me dijo Blanca. Vi entonces a una niña. Era una niña como cualquiera, con pelo negro hasta los hombros, llevaba puesto un vestido de niña con flores y ositos. Pero había también una luminosidad, algo como la que le vi a Clara la primera vez que bajaba por la escalera. Blanca le habló a la niña. Ésta me miró, y sonrió. Vino hasta mí y me tomó la mano. Indicó el poyete con el dedo extendido. Ella me llevó a la ventana y yo me senté en el poyete. Blanca me besó una vez más y me dijo adiós. Pregunté ¿porqué? mas en vez de responderme, Blanca le habló otra vez a la niña, quien me dio un plato lleno de cáscaras de huevo y espinas de pescado. Me mostró cómo tirarlas por la ventana. Tiré un puñado de cáscaras. Miré a la niña que aplaudió. Tiré un puñado de espinas y dije que me sentía ridículo y que no entendía porqué tenía que actuar como si fuera la niña traviesa de la casa. Miré entonces por la ventana. Abajo, delante de la puerta de entrada, me vi a mí mismo. Alcé la cabeza para preguntarle a Blanca qué estaba pasando; no la vi, no vi a nadie. Miré otra vez abajo. Fue entonces que alguien me empujó. El plato y yo nos caímos. La niña había saltado conmigo y ella caía en frente de mí. Seguimos cayendo sin por lo tanto llegar al suelo. Yo estaba gritando pero sólo entendía la voz de Blanca y veía que era la niña que hablaba como Blanca. Luché contra el deseo de cerrar los ojos y dormir, pero al cabo de unos minutos, el sueño me venció.
Otro día en la oficina. Soy el jefe. Mi esposa, Blanca, llega para salir conmigo a almorzar. Llamo primero al mejor recaudador de impuestos en todo el país para hablarle. Le digo que hay un caso muy difícil y que es él el único recaudador que puede resolver el problema. Es una persona muy distinta, que suele vestir ropa de viejita y a quien le gusta bordar pañuelos, pero no falla nunca, siempre cumple con su deber. Blanca llegó y la besé con ardor. La quiero con toda mi alma. Tomé el pomo de la puerta en la mano y lo miré, no sé porqué, pensé que el pomo tenía una importancia sin saber exactamente porqué. Me encogí de hombros, besé otra vez a mi esposa, y cerré la puerta.
Steven J. Hamilton is a translator and technical writer in San Francisco, California. Age 51, he is from Los Angeles. He has written a play and short stories in English, and has recently started writing short stories in Spanish. His favorite authors in Spanish are Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Isabel Allende, Carlos Ruiz Zafón and Carlos Chernov.
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